|
Danny Gómez, un chaval del barrio madrileño de San Fermín, empezó con una guitarra prestada y un sueño: crear su propio sonido. Hoy, ese sueño se llama Dirty Boy Pedals, una marca nacida en un garaje y convertida en objeto de deseo de guitarristas de todo el mundo. De los cables y el estaño a las manos de los artistas más míticos: el sueño americano con acento madrileño. Dirty Boy Pedals no es una empresa. Es una actitud.
Nació en los 90 de la mano del mítico Alex Saraceno, padre de Blues Saraceno (Poison), y resucitó treinta años después gracias a Danny Gómez, guitarrista, productor y director musical con más de tres décadas sobre los escenarios. De un pequeño barrio madrileño llamado San Fermín, Danny pasó de tocar en garajes a compartir proyectos y trabajar con Brian May y Queen, con quienes ha realizado más de 1.200 funciones en el musical We Will Rock You, ha grabado y ha publicado libros y lanzado software. Ha girado con artistas como Pimpinela, Nacho Cano o La Quinta Estación, y ha sido consultor para gigantes del sector como Fender y Orange Amplifiers. Hoy, es el alma detrás de Dirty Boy Co., una marca que fabrica a mano herramientas para músicos que no buscan sonar “bonito”, sino auténtico. Los pedales Dirty Boy se fabrican en series limitadas y están inspirados en una filosofía sin concesiones: tono real, carácter salvaje y cero filtros. Cada pieza se ensambla a mano, sin automatismos ni excusas. Dirty Boy no compite: provoca. Entre los artistas que han usado sus pedales están John Frusciante (Red Hot Chili Peppers), Neal Schon (Journey), Blues Saraceno (Poison), Tom DeLonge (Blink-182), Tyler Bates (Marilyn Manson), Mike Shinoda (sí, puedes escuchar sus pedales en el nuevo disco de Linkin Park) y Dave “Phoenix” Farrell (Linkin Park), Phil X (Bon Jovi), Mark Lettieri (Snarky Puppy), Justin Derrico (P!nk) o George Pajón (Black Eyes Peas), etc. Cuando estos músicos necesitan tono, se ensucian las manos. Se van a Dirty Boy. |