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La Jefa – 091
Muy feliz día a todas las mamás que me oyen, no saben lo feliz que me hace saber que pertenecemos a la misma comunidad. Quiero que sepan que lo están haciendo muy bien y que me encanta compartir este viaje con todas ustedes <3
Aquí les dejo la respuesta a la última pregunta que le hice a mi mamá que respondió entre lágrimas y sollozos. Por eso fue que tuve que cortar el programa súbitamente para que no quedaran nuestros llantos grabados para la posteridad, aunque en realidad no pude hacer mucho…
¿En qué cosa te recuerdo a ti?
Hay una máxima que reza:
Querer es poder. Esa eres tu. No hay montaña lo suficientemente alta. Allá vas. Fui un poco así.
También les dejo la portada del libro que me estoy leyendo ahora lo estoy disfrutando a borbotones. Está súper interesante y la verdad, creo que toda mujer lo debería leer, se llama Moody Bitches.

También les voy a dejar el cuento que escribió mi mamá que ganó mención honorífica, a ver qué les parece…
-Ifi.
El Cuento
INVISIBLE
Odio tener los ojos húmedos. Esa es mi condición hoy día. Tengo un pañuelo en la mano derecha permanentemente para secar mis ojos de aguacero. Ya me olvido de comprar máscara de pestañas y con tanto que me gusta el maquillaje. Bueno, al menos, un ahorro en mi presupuesto. Me diagnosticaron ojo seco, una enfermedad frecuente en la gente como yo, menopáusica, que impide que las glándulas lacrimales lubriquen el ojo cabalmente. Había soportado estoicamente los calorones, las patas de gallo, la flacidez de mi cuello pero esto sí que me tiene muy triste e inconsolable. Con todo lo que estoy viviendo, ya no considero lejana la vejez. Lo ha corroborado mi condición de invisible últimamente. Lo he notado por el trato que me da la gente. Si voy a un banco me tratan con condescendencia como si fuera una persona inválida. Si voy a una reunión o a una milonga, pocos se muestran interesados en hablarme o en invitarme a bailar.
Es duro hablar de ello pero siento que es la mejor manera de exorcizarme y liberar mis demonios. Ahora tengo más presente una frase de Gabriel García Márquez sobre la vejez y la muerte: “La muerte no llega con la vejez sino con el olvido”.
Me siento con los brazos caídos, herida, extranjera, presa por mis temores. Ser despreciada no es algo fácil de asimilar, especialmente, si te has insinuado abiertamente. No suelo hacerlo pero me atreví aprovechando la nocturnidad que rodeaba el espacio.
Eran aproximadamente las nueve cuando llegué a la milonga, un lugar donde se reúne la gente para bailar tango. Y allí estaba el. Me llamó la atención su complexión delgada, sus ojos achinados y sobre todo su boca. Tenía unos labios carnosos, que a mí se me antojaron provocativos. Su forma de vestir era bastante jovial, pantalones de mezclilla un tanto ceñidos y camisa holgada, a pesar de rayar en los sesenta. Me invitó a bailar una tanda de tangos de Di Sarli y al terminar la selección musical, fue a sentarse junto a mí, calladamente, rozándome los tobillos como si fuera casualidad. Esta apuesta despertó mi dormido erotismo. Al rato, empezó a hacerme mil preguntas. Yo contestaba de perfil. Tenía miedo del cruce de miradas hasta que me venció el orgullo y mis ojos se perdieron en los suyos. Y así siguió la noche entre frases y miradas cómplices. Las pocas veces que salí a bailar con otros milongueros, él se paraba inmediatamente a convidar a alguna de las mujeres que aguardaban expectantes. “Así es la dinámica de la milonga y no me tengo que sentir ansiosa”, me repetía. Al terminar los tres tangos, venía hacia mí nuevamente y me decía: “aunque bailes con otros, no me molesta porque siento tu presencia. Eres mi alma gemela.” Sentí que esa oración me había llenado de una inesperada felicidad y de una indiscutible placidez. ¿Desde hace cuánto que no sentía esta especie de intimidad con alguien?
A las doce de la noche ofreció llevarme a casa y yo acepté presurosa. En el carro, íbamos escuchando una balada de Yordano “…voy a vestirme de sonrisa solo para ti…” De pronto sujetó mi mano y su mano fue mi mano. Antes de cruzar hacia El Rosal disminuyó la velocidad y me preguntó en voz baja y cálida si tenía tiempo de tomarme algo. Era viernes. Alberto solía llegar a la casa después de las dos de la mañana de modo que no había problema en aceptar la invitación. Aunque lo que quedara con Alberto fuera costumbre, me gustaba llegar antes que él para guardar las apariencias. De paso, me ahorraba las explicaciones. La época del revanchismo y la malevolencia había pasado.
Pedimos una cerveza y entre sorbo y sorbo me contó que tenía tres hijas, que estaba separado de su actual esposa y vivía con su madre enferma a quien dedicaba la mayor parte de su tiempo. Al despedirse, me prodigó besos mágicos, deliciosos, imposibles de olvidar, prometiéndome volver a vernos. Antes de bajarme del carro, lo observé con una marcada insistencia sosteniéndole la mirada y le agradecí el rato, asegurándole que no le iba a perder la pista.
Al día siguiente me llamó por teléfono para decirme que necesitaba hablar conmigo. Me citó en un restaurante bastante popular y pidió un jugo de naranja.
__Debo confesarte algo. Tengo novia desde hace unos cuantos meses. Por cuestiones éticas, no puedo tener nada contigo. Me gustas mucho pero debo respetarme y respetarla a ella. No me gustaría que ella anduviera por allí con otro, así que esto debe terminar aquí y quedar entre nosotros.
__ ¿Eres un monje o algo así? __le pregunté profundamente nerviosa. __Hoy te desconozco. Pensé que había una atracción mutua. No entiendo.
__Perdona pero no puedo arriesgar mi relación que me ha costado tanto. Adiós. __y se fue con la cabeza gacha sin ni siquiera darme chance para responder.
Era una tarde calurosa del mes de septiembre en Caracas. Yo quedé perpleja sin saber qué hacer. Mis dientes comenzaron a rechinar hasta que el llanto se disparó silencioso. Mi corazón permanecía inerme, como un bosque sin pasto. Me sentí llena de ira. Mi ego estaba herido. Al rato pagué la cuenta y me fui a casa. En mi habitación, traté de olvidarme de mi misma con la lectura de “Eugene Grandet” de Balzac pero de nada sirvió. Perdía la concentración a cada rato. A las nueve de la noche dejé a un lado el libro y cubrí mi rostro con la cobija de franela. Alberto no había llegado todavía. ¡Para lo que me importaba!
Ni siquiera lo oí llegar. Eran demasiadas las cosas que daban vuelta en mi cabeza. Me venían los recuerdos cuando rozaba su aire, inhalaba su perfume y escuchaba su cuerpo en aquel abrazo de tango. Ahora solo quedarían las huellas que me urgía borrar. Quería llorar sin prisa. Sin embargo, no surgió. A veces, la voluntad cuenta poco.
Me invade la nostalgia. Llegan a mi memoria recuerdos de mi niñez y juventud, de aquel ambiente agradable que me rodeaba, al lado de mis padres y mis cuatro hermanos, de aquella hermosa casa, no muy grande pero espaciosa, ubicada en una urbanización profusamente arbolada con bucares y jabillos llamada Vista Alegre al oeste de Caracas. Mis padres se sentían muy orgullosos de ella, principalmente porque era propia, y había sido conseguida con el fruto del trabajo. Lo más importante de la casa era la vitrina que había en la sala, llena de copas de cristal, vasos de murano, una hielera de vidrio labrado, y pequeñas figuras: gatos, elefantes, payasos, arlequines y platos de cerámica.
Yo era la consentida de mi padre quien era oriundo del Zulia, el estado petrolero más importante de Venezuela. Mis ojos verdes y el color de la piel son cortesía de mi padre. A veces pensaba que por esta razón, era la niña de sus ojos. De mi madre heredé su carácter apacible. Mi mamá, nacida en Bucaramanga, Colombia, había tenido una vida muy dura, plagada de eventos un tanto dolorosos. Esto explicaba un poco su carácter reservado, su forma de ser poco amorosa y un tanto desconfiada. Al nacer, fue entregada a Maruja, una amiga solterona de mi abuela. De manera que no conoció a sus padres sino hasta la adolescencia por un hecho fortuito. Fue a la escuela hasta sexto grado. Su tía Maruja (como la llamaba mi madre) no siguió pagando sus estudios porque tenía que ayudar con los quehaceres del hogar. A los veinte años, fue prácticamente obligada a contraer nupcias con Alejandro, un joven de familia acomodada de Bucaramanga. No trabajaba. Lo que más le gustaba era el juego y las mujeres. Era hijo único de Doña Emperatriz. Ella no vivía sino para él, razón por la cual le tapaba todas sus faltas. Mi mamá pensaba que su destino estaba escrito así que accedió. Tuvo tres hijas con semejante ejemplar. Su calidad de vida al lado de Alejandro no mejoró con los años. Los maltratos y abusos no cesaban. Un buen día decidió fugarse donde su marido no pudiera encontrarla. Se mudó a Bogotá, sola, porque pensaba que así sería más fácil conseguir empleo. Había dejado las crías con la suegra. Le había rogado a Doña Empera, que no le dijera nada a Alejandro. Ella iba a trabajar duro para ganar dinero y labrar un futuro para sus hijas. En Bogotá, probó varios oficios. Trabajó primero en un laboratorio fotográfico, luego en una sastrería y terminó desempeñándose como mucama en un prestigioso hotel de la capital. Y fue allí, exactamente, en el hotel Tequendama, donde conoció a mi padre. En una semana que duró la estadía de Manuel, le propuso venirse a Venezuela y Zoraida, que así se llama mi madre, aceptó sin pensarlo dos veces.
En Maracaibo, formó una nueva familia con Manuel, dejando sus tres hijas con Doña Empera repitiéndose a sí misma que cuando estuviera totalmente establecida, iría por ellas, costara lo que costara.
Manuel era una persona trabajadora y tenaz. Su condición de analfabeta no le había impedido abrirse camino en el mundo de los negocios. Tenía varios puestos de productos lácteos en el mercado principal de Maracaibo y una cafetería. Mi madre lo enseñó a leer y escribir y a ser más recatado e inteligente con el dinero. Le animó para que invirtiera en propiedades y nuevos negocios y logró convencerlo para que se mudaran a Caracas. Allí nací yo. Mis dos hermanos mayores nacieron en Maracaibo. Soy la tercera de cinco hermanos y puedo decir que viví una infancia feliz sin privaciones gracias a mis padres, quienes supieron administrar bien el dinero para forjarnos un futuro promisorio.
Estudié en un colegio de monjas bastante estricto donde se rezaba el rosario dos veces al día. Me enseñaron que todo era pecado: leer novelas de amor, bailar, comulgar sin haber confesado. Debía comulgar todas las semanas sin derecho al pataleo. Ya a los trece años, mi mente estaba llena de escrúpulos morales y vivía temerosa de todo. Si me llamaba la atención un chico, pensaba que estaba cometiendo sacrilegio. Si comulgaba sin estar en ayunas, me sentía pecadora sin oportunidad de salvación. Esto produjo en mi un desasosiego y una angustia total. Al llegar la noche, me moría de miedo y me sentía cercada por todos lados. Pensaba que sería atacada por satanás y su ejército de diablos. Esto me impedía conciliar el sueño. Era todo tan real que sentía el calor en mi cuerpo y en mi cama y empezaba a rascarme las manos insistentemente hasta sacarme sangre. Las noches se habían convertido en un infierno para mí, así que busqué protección en la cama de mi madre. Le conté que me sentía en pecado, que a pesar de haber cumplido con la penitencia que me había impuesto el cura, mi cuerpo y mi alma no se desprendían de ese sentimiento de culpabilidad.
Mi madre, toda preocupada y sin saber qué hacer, me llevó donde un brujo para que me rezara y me sacara los malos espíritus que me acosaban. Pidió un taxi e inmediatamente le indicó que tomara la vía de Charallave, una ciudad del estado Miranda conocida por las prácticas de espiritismo y brujería. Luego entró por una carretera empinada y tortuosa. Al llegar al lugar, me sentí tan mareada que perdí el sentido. No sé si fueron minutos o segundos los que pasaron antes de abrir mis párpados. Me recibieron unas luces que giraban a mi alrededor con tanta rapidez, que en un instante, empecé a sentirme mareada otra vez. Al abrir los ojos, allí estaba de nuevo, el haz luminoso viajando a velocidades monstruosas. “Esperanza, Esperanza,” sentí unas voces a lo lejos pronunciando mi nombre e invitándome a volver a la vida. De pronto, apareció el rostro de mi madre muy cerca de mí. “¿Cómo te sientes?” No podía pronunciar palabras. Solo asentí con la cabeza. Recuerdo que tenía frío, sin embargo, me sentí aliviada. Después de ese episodio, los diablos no volvieron a visitarme.
Exactamente no sé cuándo sucedió la transición de niña a mujer. Con seguridad, no fue muy temprano. A mis dieciséis, pesaba apenas cuarenta kilos. Tenía unos incipientes senos, las piernas delgadísimas y unas rodillas huesudas. Ni hablar de usar minifalda. Este fue un complejo que me acompañó en toda mi adolescencia. En el liceo, mis compañeras se reían de mi cuando corría porque pensaban que se me iban a partir las piernas. Estos rasgos físicos me provocaron una dificultad para relacionarme con los varones. Cuando mis amigas del colegio hablaban que se habían dado besos de lengua con chicos, las envidiaba en silencio.
Haber conocido a Thais, mi amiga íntima de bachillerato, fue de una gran ayuda. Me dio confianza en mí misma asegurándome que era bella e inteligente. Admiraba todo en ella. Su cabellera negra, sus hermosos hombros formados por el ejercicio y los deportes que practicaba, sus piernas y sobre todo, su personalidad. Tenía una picardía y gracia innata. Todo lo que hacía le quedaba bien. Sabía relacionarse con los chicos de grados superiores y con los profesores. Era franca y extrovertida. Saludaba a todo el mundo con un beso. Todos eran sus amigos. Yo era todo lo contrario. Tímida y reservada. Me enseñó a fumar y me introdujo al mundo de las fiestas, hasta ahora desconocido para mí. Me advirtió, no obstante, que tuviera mucho cuidado con los compañeros de clase porque si se la “daba” a alguno de ellos, todo el liceo se iba a enterar y mi reputación iba a rodar y “nadie se casa con las bollo loco”. Recuerdo que su advertencia me asustó un montón. Entonces, me avoqué a los estudios y a la lectura con ímpetu y dejé de pensar en el romance.
No me resultó difícil entrar al Instituto Universitario pedagógico de Caracas en la Escuela de Idiomas. Mis excelentes calificaciones que traía de bachillerato y el puntaje obtenido en la prueba de admisión, me abrieron las puertas de forma expedita. Tengo que confesar que no fue mi elección. Mi hermana mayor, Eléxida, quien estudiaba Literatura en el Pedagógico, me había llevado la planilla de preinscripción para presentar el examen de admisión. “Ya habrá tiempo para estudiar Comunicación Social”, me repetía.
Cuando comencé en el pedagógico mi vida cambió. Era mediado de los setenta. Mi padre recién había muerto de una penosa enfermedad en los riñones que había consumido gran parte del patrimonio familiar. Mi madre había tenido que recortar los viajes a Colombia para visitar a sus hijas. Con toda esta avalancha de quiebres y alteraciones a mi alrededor, empecé a introducir cambios en mi estilo de vida. Yo, que hasta ahora había sido tímida y un tanto huraña, entré a formar parte de círculos de estudio con compañeros de clase, a asistir a fiestas, paseos, reuniones hasta que lo conocí a él: Alberto. Lo encontré atractivo e irreverente. Decía groserías delante de mí. No estaba acostumbrada a eso. Ni mi padre ni mi madre dijeron nunca una mala palabra delante de nosotros. Andaba siempre solo por los pasillos del Instituto. Se declaraba de izquierda. Usaba pantalones de jeans todos rotos, el cabello largo y unos lentes estilo John Lennon que le sentaban muy bien. Le daban ese aire intelectual que a mí siempre me ha gustado en un hombre. Se mostraba bastante arrogante y engreído pero en el fondo, le sentía una bondad y una carencia de afecto que conmovió mi corazón.
En las clases, comenzamos a sentarnos juntos, a compartir apuntes hasta que un día me invitó a salir. Me llevó a La Araña Roja a bailar y entre canción y canción, nos fuimos dando los besos. En medio de aquella fogosidad, le permití tocarme los senos, meter su lengua en mi boca hasta faltarme la respiración. A partir de allí, nos volvimos inseparables y a depender cada vez más, el uno del otro. Nos llamábamos por teléfono todos los días, almorzábamos juntos, nos comunicábamos nuestras angustias y logros. Al salir de clase, me llevaba a la casa todos los días, en su viejo Renault de cuatro puestos.
A los tres meses de estar saliendo, finalmente accedí hacer el amor en la casa de sus padres. Me rogó que aprovecháramos la noche ya que sus padres se habían ido a pasar el fin de semana a una casita que tenían en Maracay. Me fue a buscar a la casa y nos enrumbamos hacia nuestra primera noche de amor. Sin muchas palabras me desvistió en la oscuridad de la habitación. Me hizo suya sin vergüenza y sin ambages. El fuego parecía surgir de nuestros labios quemantes y nuestros corazones morían bajo el paso de una voluptuosidad inaudita en mí, sincera en él. Repetidamente, Alberto decía que me quería y yo calladita disfrutaba de ese amor que me llenaba el alma y me movía de pies a cabeza.
Este primer encuentro amoroso dio sus frutos. Quedé en estado sin asumir las consecuencias. En varias oportunidades me había declarado en contra de la maternidad antes de cumplir veinticinco años así que cuando me enteré, me sentí decepcionada de mi misma. Tenía solamente veintiuno. Este evento causó toda una conmoción en mí. Apenas estaba en quinto semestre de mi carrera, ninguno de los dos trabajaba y me iba a costar mucho trabajo enfrentar el qué dirán. ¿Cómo se lo iba a decir a mi familia? ¿Con qué cara me iba a presentar ante mi madre si siempre me mostré ante ella como la persona seria y dedicada a los estudios?
“Vivamos juntos”, me propuso. Yo accedí, pensando que no tenía otra salida. Me aterraba la idea de ser madre soltera y enfrentar lo que me venía. Era el mes de Diciembre. Sin celebración y sin vestido de novia, nos casamos escondidos. De todos los años que llevo de matrimonio, éste ha sido el momento en que me he sentido más unida a él.
Alquilamos una habitación en el cementerio, un barrio bastante humilde hacia el sur de Caracas. Nuestro presupuesto no daba para más. Yo había conseguido una vacante como profesora de inglés en una escuela primaria. Nos alcanzaba justo para pagar la renta y comprar un mercadito. Alberto no trabajaba. Me repetía que con mi sueldo y su beca de estudios era suficiente para ser felices. Él estudiaba de noche Economía en la Universidad Central de Venezuela y me decía que no quería renunciar a ninguna de las dos carreras. “Ten paciencia”, me decía.
A los pocos meses de vivir allí, ya extrañaba mi casa, mis rutinas, mi vida de soltera. Eran demasiados compromisos: la casa, la comida, los estudios, el trabajo. A todo esto se sumaba lo que venía: la responsabilidad de traer una criatura al mundo. Mi nuevo estilo de vida se había vuelto complicado. Me sentía somnolienta todo el tiempo, gorda y poco ágil. Mi apetito sexual se había esfumado.
Alberto había empezado a salir los viernes en la noche y había hecho de esto un hábito. Llegaba en la madrugada borracho prendiendo las luces de la habitación y haciendo toda clase de ruido. Al principio le reproché su falta de respeto y su estado de embriaguez hasta que me di cuenta que de nada servían los reclamos. Opté entonces por sufrir en silencio prometiéndome que cuando saliera de mi embarazo, trabajaría arduamente para cambiar las cosas. En las noches cuando estaba sola, me ponía a caminar por el cuarto llena de una profunda melancolía que cada vez se hacía más tolerante. No me importaban sus justificaciones. Estaba entregada a mi presente.
Con el nacimiento de Amaranta, las cosas empeoraron. A ello se sumaron las constantes infidelidades que ni siquiera se preocupaba en disfrazar. En secreto, lloraba por horas maldiciendo el día que había decidido casarme. Sabía que con un bebé sería más cuesta arriba salir de la relación. Ya no soportaba su forma de ser. Se había vuelto criticón e iracundo. Muchas veces le dije que trabajara su mal carácter, su adicción al alcohol pero no me hacía caso. Sentía que Alberto iba minándome un poquito más todos los días.
Fui la mujer más feliz del mundo el día que recibí mi título de profesora de Educación Media en la especialidad de Inglés porque sabía que ese diploma, me abriría las puertas a una vida un poco más holgada e independiente. A pesar de estar consciente de que la docencia no era lo mío, no cabía en mí de gozo cuando conseguí 12 horas de clase en un liceo de Ciclo Diversificado dependiente del Ministerio de Educación. Tendría finalmente mis beneficios económicos como bono vacacional y prima por hijo entre otras cosas. Al fin me sentía respetada y admirada. ¡Qué linda sensación!
Al año siguiente, me ofrecieron veinticuatro horas de clase más. Recuerdo bien que era la primera en llegar al liceo. A las siete de la mañana, ya estaba en el aula dictando mi primer bloque de clase. Luego de hora y media de realizar mi actividad pedagógica, me esperaba otro grupo de alumnos y luego otro, hasta las cinco y media de la tarde. Trabajé durísimo ese año y los subsiguientes. A la vuelta de cinco años, me sentía dormida en la vida. Estaba estancada, aburrida y agotada.
Tenía que reinventar mi vida. Había llegado el momento de cumplir mi sueño recurrente: estudiar Comunicación Social. Me inscribí en la Universidad Central de Venezuela sin participarle a nadie mi decisión. “Soy la responsable de mi destino. Si quiero que las cosas cambien, tu y solo tú eres la responsable de ese cambio”, me dije.
Corría el año 1980. Mi vida era un total caos. Me levantaba muy temprano para llevar a Amaranta a la escuela y a Ifigenia a la guardería, pues ya tenía dos hijas, y luego corría al liceo a dictar mis clases hasta las cinco y media de la tarde. A las seis, ya estaba en la Universidad hasta las diez de la noche. Mi matrimonio se estaba desmoronando. La pasión se había ido al traste. Tenía tanto que ver con el pasado como con el presente. Lo sabía. El silencio yacía entre nosotros como una desgracia. Alberto trabajaba en el Banco Central de Venezuela. Ya se había graduado de Economista. Los fines de semana los compartía entre atender a mis hijas, las labores domésticas y mis estudios. Alberto se iba a visitar a sus padres o salía con su grupo de amigos. Prácticamente no nos veíamos las caras. Cuando ahora pienso en otras mujeres casadas, me pregunto ¿cuántas de ellas están como yo, entrampadas en nuestras dependencias económicas, en la rutina, en el laissez faire?
A pesar de haberme graduado de Comunicadora Social, seguía trabajando en la enseñanza de Idiomas. Me habían ascendido a Coordinadora y me quedaban unas tardes libres que ocupaba en atender a mis hijas, ayudarlas en sus tareas, y escribir de vez en cuando, reportajes, entrevistas o artículos para diferentes revistas. No era exactamente lo que había soñado pero me sentía cómoda. Al menos, el título no era un adorno en una pared de mi apartamento.
Ese mismo año, Alberto realizó todas las gestiones a través del banco Central de Venezuela para obtener una beca que le permitiera hacer una maestría en Finanzas en la Universidad de Boston. “Es una ocasión que no puedo desperdiciar. El banco me va a pagar los estudios y manutención para toda la familia. Me iría solo para establecerme primero y ustedes me alcanzarían a los seis meses”.
Yo nunca opinaba en sus proyectos. En realidad, lo que se proponía lo conseguía. ¿Para qué iba a abrir mi boca? Quedamente me decía que ésta era una excelente oportunidad para toda la familia. Haríamos el viaje al exterior que tanto había ambicionado, las niñas aprenderían inglés y yo buscaría la manera de trabajar en Boston como periodista. Fueron dos años de crecimiento para todos. Logré conseguir una vacante en un periódico hispano como periodista y redactora de planta, actividad que me mantuvo ocupada y activa.
Regresamos a Venezuela como estaba previsto, dos años después. Yo me reincorporé al liceo y Alberto empezó a circular su currículo para irse a la empresa privada. Vivía quejándose de su sueldo y de la mediocridad que lo rodeaba. En el banco central se sentía estancado y desaprovechado. “Con todo este bagaje académico que he acumulado en Boston es hora de moverme a otra institución”, vivía diciendo con toda la prepotencia imaginable. Venía con esa hambre de nuevas posiciones y relaciones. A los pocos meses, ya estaba trabajando en el City Bank con el cargo de Vicepresidente.
Por mi parte yo ya no luchaba por conseguir una posición estable en algún periódico o revista ni por cambiar mi relación de pareja. Cada vez que evaluaba mi estilo de vida, me iba ablandando y pensaba que tanto el como yo, llevábamos la vida como queríamos y como podíamos. A veces me cuestionaba. Acaso era que me daba un miedo enorme la soledad de pareja o tal vez era enfrentar sola un país que se estaba volviendo invivible por la cantidad de males, inflación, inseguridad, desempleo, corrupción, desabastecimiento.
Han pasado varios años desde que mis hijas se fueron a Estados Unidos en busca de oportunidades. A mi finalmente me dieron la jubilación después de realizar todas las gestiones pertinentes. Es curioso pero ahora que tengo tiempo de sobra para pensar, dejé de pensar en dejarlo. Divorciarse es complicado. No soy de las personas que se complican. ¿Puedo vivir con ello? No sé hasta cuándo. Sigo con mis altos y bajos.
Hace una semana volví a la milonga y lo vi sentado al lado de una chica bastante más joven que yo, asumiendo una actitud parecida a la que había tenido conmigo. Hasta me pareció ver que rozaba sus tobillos con los de ella. Cuando me acerqué para saludarle, me ignoró lanzándome más bien una mirada de desprecio, como si no valiera, como si no le importara lo que pensara de él. Sentí entonces las arrugas propagarse viralmente por todo mi cuerpo y la desolación se apoderó de mí. Como pude tomé mi cartera y me fui a casa.
La noche se ha ido dejándome la boca seca y fangosa. La luz clara del día se cuela anodina por la ventana de la habitación hiriéndome mis ojos rojos. Afuera comienzan los ruidos de la mañana. Todos los días a la misma hora, cinco y media de la mañana, me levanto y me preparo para irme al gimnasio y luego visitar a mi madre que vive en un asilo de ancianos cerca del gimnasio. Ella no sabe de nada ni de nadie y su ausencia es quizá la excusa de la culpa. Hoy me quiero quedar aquí, en mi apartamento. Voy a aprovechar el agua para limpiar. La ponen una hora solamente. No hay tiempo para aventuras. Hoy me declaro invisible.
Seudónimo: Ifigenia.
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