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Description:
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El artista mexicano Eduardo Zamora acaba de inaugurar una exposición en el Instituto Cultural de México en París, en la que muestra una selección de su pintura llena de ironía y referencias a la cultura mexicana.
Es en París, su lugar de residencia desde 1973, donde el mexicano Eduardo Zamora (1942) inventa un universo fantástico impregnado de reminiscencias de su pasado lejano, vivencias reales en su país de origen cuya memoria viva explota con gran regocijo. Las recientes pinturas al óleo expuestas (2008 y 2009) se presentan bajo el título de Chroniques para subrayar mejor la dimensión narrativa de su puesta en escena pictórica.
El mundo de Zamora, dotado de gran complejidad, muestra ante todo su gran calidad de pintor en la que el trabajo refinado sobre matices opacos (grises y azulados) se ve reforzado por el blanco que aporta un toque de irrealidad al discurso estético en su conjunto. En el espacio del lienzo, salpicado de detalles, donde hombres y animales se afrontan en una coreografía onírica y/o apocalíptica, con imágenes ingenuas, absurdas o fabulosas, y donde a veces reina un cierto clima de violencia, el artista crea un mundo imaginario que se impone al mundo real y dialoga con él.
Su “delirio” iconográfico pone de manifiesto una total libertad de diseño y ejecución, sin construcción o dogma previo, sin idea preconcebida, ni conceptual ni artística, sin intención de ningún tipo. Él no pretende trasmitir ningún mensaje, no reivindica ninguna metáfora. En este discurso, visualmente deshilvanado y sin embargo coherente, hormiguean mil detalles deliciosos y su aparente “desorden” nos produce tanta fascinación como inquietud. Zamora sabe dar la ilusión de un vasto espacio que nos “engloba”, por la manera en que circunscribe a menudo en la tela las escenas de los primeros planos cercándolas con “muros” semicirculares o imaginando un horizonte de formas suaves y onduladas.
Eduardo Zamora. El Santo Niño, 2009. Óleo sobre tela. 80 x 80 cm. (31 ½ x 31 ½ pulgadas).
Las corridas de toros de su infancia imprimieron en su retina la circularidad de los ruedos, mientras que los muros de adobe – muy presentes en sus telas así como las montañas verdes y redondas – recuerdan el pueblo de Tepoztlan, cerca de México D.F., en donde Zamora vivió a principios de los años 70 y al que sigue apegado por gran cantidad de recuerdos. Así pues, estamos, la mayor parte del tiempo, en un paisaje cotidiano, rememorado, que vienen a poblar peces voladores, cruces que se multiplican, buses bamboleantes, mujeres-sirenas, ángeles-mujeres y otros animales híbridos. En este universo del absurdo natural, teñido de ternura y poesía y tal vez, por qué no, de nostalgia, nada está quieto, todo se encuentra inmerso en un movimiento perpetuo. El México rural de su infancia revive una segunda existencia de la cual, esta vez, él tiene plena consciencia y cuyo carácter fantástico él asume. Los protagonistas de sus historias imposibles deambulan, observan, actúan, duermen o mueren.
Pero no hacen otra cosa que pasar, dejando presagiar otras historias. Algunos cuadros tienen un carácter extraño, negro y sangrante como Dernières crci-fictions et première fuite (óleo sobre lienzo, 80 x 80 cm, 2009) en donde yace un Cristo del que ha desaparecido la mitad del cuerpo y cuyas piernas corren por el campo. Otros, de factura decididamente surrealista como la pareja cuya cabeza es reemplazada por unas enormes manos (Conversation, óleo sobre lienzo, 46 x55cm, 2009), pueden resultar atemorizantes, mientras que, en obras como El Santo Niño (óleo sobre lienzo, 80x80cm, 2008), el pintor muestra una situación de amor fantasmal, en un paisaje de cactus candelabros, típico de los desiertos del Norte de México de donde él es originario, sembrados de (improbables) flores blancas y virginales. La ficción visual de Zamora pertenece al realismo mágico latinoamericano. Hay que dejarse llevar y divagar con ella, como podemos hacerlo en el universo onírico de las novelas del mexicano Juan Rulfo al cual el pintor se aproxima, tanto por la mentalidad como por relación con lo real-imaginario.
En sus últimas obras, volvemos a encontrar la obsesión de las cruces y los esqueletos, pero también la de las serpientes y los toros. La muerte está en todas partes y cohabita con los ángeles (L'Inattendu, óleo sobre lienzo, 100 x 100 cm, 2008) o Les Anges, vinilo sobre lienzo, 200 x 200 cm, 2009), y la pandemia gripal (Dans les Alpes, óleo sobre lienzo, 46x55cm, 2009). Zamora parece exorcizar sus imágenes construyendo la ficción como un ritual efímero. Mientras más penetramos en el mundo de Zamora, más nos sorprendemos y más implicados nos sentimos. Cuando habla de su pintura, Zamora insiste en su dimensión obsesiva, pero esta obsesión es para él una fuente inagotable placer. Para Zamora, pintar es un verdadero goce.
Se siente cuentero y nos confiesa que necesita contar(se) historias. Zamora se entrega pues con delicia a los azares del inconsciente y declara que “le gusta jugar con la improbabilidad de las cosas”. Lo que le fascina es ese mundo fabuloso que brota de su imaginación, lejos de las lógicas que oprimen y limitan. Rechaza el imperio todopoderoso de la razón en el que estamos sumergidos, muchas veces en forma aberrante, y explica que “sólo rompiendo con lo racional puede uno dejarse llevar a lo imaginario” (…) “Yo veo muchas cosas que los demás no ven”, añade como para disculparse y justificar el vagabundeo de sus imágenes en las que, con humor y delectación, nos cuenta incansablemente sus historias, las antiguas y las nuevas.
Texto :CHRISTINE FRÉROT |