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Podcast: El 4° Amparo
Episode:

Obi-Wan Cannabis

Category: Science & Medicine
Duration: 00:47:51
Publish Date: 2016-03-31 22:00:18
Description:

Nuestro invitado: Fernando Rivera Calderón (@monocordio)

Fernando Rivera Calderón.
Fernando Rivera Calderón.

 

Nueva música de Monocordio:

Cártel de Juárez, proveedor del PRI y financiador en la campaña de Peña Nieto

Vía aristeguinoticias.com

 

Sobre el Derecho al Placer

Amigas y amigos aquí presentes: 
Agradezco la invitación a este Foro Internacional de Política de Drogas.
 
Vengo a este debate como comunicador, como escritor y humorista, pero también como músico, como padre y como ciudadano interesado en modificar ciertos criterios de nuestra convivencia con las drogas o sustancias que alteran la conciencia y cuyo uso se remonta a los orígenes mismos de la civilización.
 
Estoy aquí también como un ser consciente de su conciencia y defensor de su soberanía interior, y como usuario eventual de algunas de estas sustancias, alimentos espirituales o drogas, a compartir un poco de mi experiencia desde ese lado de nuestra doble moral. Quizás para muchos de ustedes yo sólo sea un metodista, yo digo que he hecho mucho trabajo de campo para estar aquí.
 
Esta tarde evoco el espíritu de pachecos ilustres como Diego y Frida, Agustín Lara y el gran Tin Tán. Y advierto que no vengo a pedir que se realice una marcha del orgullo canábico, ni a solicitar que ya no se nos diga “marihuanos” sino “personas con alucinaciones diferentes”.
 
Citando a Tin Tán, llevo 20 años fumando marihuana y todavía no se me hace vicio, pero conozco de primera mano el acoso, la represión y constante criminalización de la que somos víctimas los consumidores, quienes por una falta de políticas públicas hemos tenido que poner nuestra salud y seguridad en manos del crimen organizado, quien ha aprovechado con creces este vacío legal ante la visión unidireccional de las autoridades. 
 
Como comunicadores caemos cotidianamente en prejuicios y lugares comunes. Hay quienes piensan que “la sociedad no está lista”, hay quienes creen que el Estado debe interferir hasta en lo que introducimos a nuestro cuerpo; y habemos también quienes imaginamos vivir en un país donde cada quién sea libre y responsable de decidir qué quiere hacer con su cuerpo y con su conciencia, incluso si ese algo está relacionado con el placer, ese concepto maldito que parece hacer sentir culpables incluso a nuestros legisladores laicos, que prefieren abrir el debate a un uso médico de la marihuana para aliviar el dolor y no a un uso recreativo para simplemente pasarla bien, una posibilidad no considerada en nuestra carta magna.
 
Las drogas son un problema de seguridad nacional, pero despenalizarlas tampoco acabará con el crimen organizado que ha crecido en complicidad de muchas autoridades y cuya raíz está en la corrupción de las policías y funcionarios estatales, en la violencia de sus “métodos persuasivos”, en lo inaccesible de sus fortunas y en la ausencia de un verdadero Estado de derecho. Sin embargo, puede contribuir a restarles margen de acción y a desarticular una de las vetas importantes de su negocio. 
 
Las drogas también son un problema de salud y la satanización del tema junto a la mala información de que disponen los jóvenes lo agravan. Pero no nos engañemos: cualquier sustancia en exceso puede ocasionar daños al organismo, incluido el alimento mismo. En México nuestros malos hábitos alimenticios han convertido a la obesidad en una emergencia sanitaria y no por ello se prohíbe la comida ni hay cárteles de hamburguesas, ni se estigmatiza a los gordos. Simplemente el Estado al hacerse consciente de una problemática comienza a generar políticas públicas que permitan recuperar el equilibrio e informar mejor a los ciudadanos para que lleven una dieta mejor. Esa es su función y no violentar la vida cotidiana llevando al país a una guerra civil. 
 
Sin dejar de ver esos aspectos que han convertido a las drogas en un problema urgente de resolver desde la legalidad y la razón y no desde la militarización y la violencia que ha azotado al país la última década, tampoco podemos no ver que la ebriedad –con todo y la carga negativa que tiene socialmente—es también un derecho humano. Un derecho que, para ejercerlo, miles de consumidores de drogas en este país han tenido que volverse el eslabón más débil en una cadena violenta de tráfico ilegal, que ha desangrado y desgarrado a este país por la omisión que el Estado ha tenido en cuanto a su obligación de ordenar y legislar las prácticas sociales, sean o no moralmente aceptadas. Así ha sucedido en la ciudad de México con la despenalización del aborto y hoy pocos dudan de su efectividad al reconocer los derechos de la mujer sobre su cuerpo.
 
¿Se puede hablar de un derecho a la ebriedad? Pareciera un contrasentido en un país que padece alarmantes niveles de alcoholismo sobre todo entre los jóvenes, pero ¿acaso es el alcoholismo o cualquier adicción un problema que atañe exclusivamente a la sustancia que se ingiere? ¿No es también la ausencia de información, la nula comunicación familiar, el abandono y la violencia, así como la falta de oportunidades tanto educativas como laborales otros factores que influyen determinantemente en conductas patológicas? 
 
De lo que hablo es de reconocer un derecho que en este país ni siquiera se entiende como tal, y vayamos más allá de la ebriedad, estoy hablando del derecho al placer. Las bebidas alcohólicas, el café, el tabaco, la marihuana, cocaína, éxtasis y demás sustancias estimulantes o depresoras del sistema nervioso, usadas con moderación producen placer, permiten otras maneras de entender el mundo y de relacionarnos con los demás, de un modo similar al que lo hace el ejercicio de una sexualidad libre e informada. El placer también produce calidad de vida. Y como no todos quienes utilizamos drogas en este país somos delincuentes, ni personas enfermas, ni narcotraficantes como el mismo gobierno le ha hecho creer a buena parte de la población, creo que bien vale poner el tema sobre la mesa y darnos la oportunidad de hablar de ese placer proscrito que cimbra nuestra histórica e histérica culpa judeo-cristiana.
 
El uso de drogas no sólo ha justificado una guerra absurda que ha transformado a México en la narcofosa más grande del mundo, también han tenido que ver con el desarrollo de otras maneras de pensar que han permitido a los seres humanos tener hallazgos y hacer revoluciones en la ciencia y en la tecnología, ya no hablemos de la influencia que han tenido las drogas en el arte. La “visión” que el uso de las drogas nos ha aportado ha cambiado nuestra manera de aprehender al mundo, aunque muchos se nieguen a verlo. Las drogas, nos guste o no, también son cultura.
 
Es urgente que el Estado mexicano se haga responsable de este tema y generar una política de drogas que permita menguar los alcances del crimen organizado, y que deje de criminalizar a los consumidores (sobre todo a los jóvenes), una legislación que piense en los derechos de los usuarios de drogas –incluido el derecho al placer—y en la salud de los adictos; una legislación que ya sea que adopte el modelo uruguayo de control gubernamental de la marihuana, o el modelo estadunidense de abrirlo al libre mercado, podrá romper con esta desgarradora narrativa oficial de indios y vaqueros en la que todos estamos inmersos, y reducir los costos de esta guerra contra el narcotráfico que ha fracasado en todos los sentidos y que sólo ha militarizado al país y nos ha dejado una cifra tal de muertos que incluso muchos ya hemos perdido la cuenta.
 
Muchas gracias.
 
Fernando Rivera Calderón.

La participación de Fernando en el homenaje a Jaime Sabines a 90 años de su nacimiento:

 

Puentes.mx

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