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Y de ser grandes nuestros reinos, ellos tendrÃan, sin faltar, mares verdes, mares de algas, y el ave loca del faisán.
Y de tener todos los frutos, árbol de leche, árbol del pan, el guayacán no cortarÃamos ni morderÃamos metal.
Todas Ãbamos a ser reinas, y de verÃdico reinar; pero ninguna ha sido reina ni en Arauco ni en Copán...
RosalÃa besó marino ya desposado con el mar, y al besador, en las Guaitecas, se lo comió la tempestad.
Soledad crió siete hermanos y su sangre dejó en su pan, y sus ojos quedaron negros de no haber visto nunca el mar.
En las viñas de Montegrande, con su puro seno candeal, mece los hijos de otras reinas y los suyos nunca-jamás.
Efigenia cruzó extranjero en las rutas, y sin hablar, le siguió, sin saberle nombre, porque el hombre parece el mar.
Y Lucila, que hablaba a rÃo, a montaña y cañaveral, en las lunas de la locura recibió reino de verdad.
En las nubes contó diez hijos y en los salares su reinar, en los rÃos ha visto esposos y su manto en la tempestad.
Pero en el valle de Elqui, donde son cien montañas o son más, cantan las otras que vinieron y las que vienen cantarán:
"En la tierra seremos reinas,
y de verÃdico reinar, y siendo grandes nuestros reinos, llegaremos todas al mar." |