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Esta semana desentrañamos los secretos mejor guardados del legendario valle de Las Batuecas.
PISTAS es una colaboración del blog de viajes SIEMPRE DE PASO en el programa "Aquí en la Onda" de Onda Cero Castilla y León. No dejes de consultar lo que sobre esta propuesta he publicado en el blog: https://www.siempredepaso.es/por-la-orilla-del-batuecas-salamanca-que-ver/
Es sabido que con la expresión "estar en Las Batuecas" llamamos la atención de alguien que parece distraído, perdido en sus propios pensamientos y tan lejano como si estuviera de visita en un remoto lugar del planeta. Sin embargo, "perderse en Las Batuecas" es una experiencia física de lo más recomendable. No en vano, el Valle de las Batuecas forma parte del Espacio Natural Las Batuecas-Sierra de Francia y ofrece al visitante un montón de alicientes que vamos a ir descubriendo hoy.
¿Dónde debemos ir si lo que queremos es estar físicamente en Las Batuecas? Pues es tan fácil como dirigirnos primero hacia la localidad salmantina de La Alberca y desde allí continuar por la carretera que se dirige hacia Las Hurdes. Después de pasar el puerto del Portillo vamos a emprender un retorcido descenso que nos va a llevar hasta al fondo de Las Batuecas, un valle que, hoy como ayer, sigue pareciendo un rincón bien remoto de la provincia de Salamanca pero, al mismo tiempo, con muchas razones para acercarse a visitarlo.
El Valle de las Batuecas es uno de esos rincones de nuestra geografía que han llegado hasta nuestros días marcados por lejanas leyendas. Leyendas que, en este caso hablaban, efectivamente, de "salvajes y gente no conocida en muchos siglos, oída ni vista de nadie, de lengua y usos diferentes de los nuestros, que veneraban al demonio, que andaban desnudos, que pensaban ser solos en el mundo porque nunca habían salido de aquellos claustros", según aparece reflejado en algunos textos.
Quien se ha entretenido en rebuscar de dónde le viene esta fama al valle ha encontrado varios posibles orígenes. El más probable parece ser que está en el siglo XVII y en un momento en el que España se hallaba inmersa en una frenética carrera descubridora, ávida de nuevos territorios allende los mares. Hasta la península llegaban de continuo noticias de paraísos perdidos, tesoros inmensos y razas humanas que en ocasiones se acababan describiendo de las formas más estrambóticas. Hay que tener en cuenta que era un momento en el que la gente se había acostumbrado al río de noticias, muchas de ellas de lo más fantásticas, que recibía casi cada día desde el otro lado del mundo, que llegaban a bordo de los barcos, envueltas entre mercancías preciosas, joyas inimaginables y animales antes nunca vistos, y que, por muy fantasiosas que parecieran, la gente las tomaba como verdaderamente posibles.
Y es en ese ambiente en el que aparece una obra menor de Lope de Vega en la que se habla de la existencia de un valle perdido, remoto e ignorado en el corazón mismo de la península que la gente, en vez de tomarlo como una invención, pues empezó a tomarse como si de verdad existiera.
Todo empezó -o eso dicen-, con un viaje del escritor a Alba de Tormes, capital del ducado de Alba, para pasar una temporada con el duque. Entre las excursiones con las que aderezó la estancia no faltó un detenido viaje por algunas de las propiedades ducales, entre las que se encontraba esa zona del sur de la provincia de Salamanca. Y es así como pudo conocer la existencia de un territorio pobre y aislado, encajado entre unas montañas tan abruptas que quienes vivían allí lo hacían tan apartados del mundo que no habían oído hablar de Dios, ni del duque ni del Rey. Eran Las Batuecas, nombre que en aquel entonces arropaba también al resto de valles que forman las actuales Hurdes.
Fue con aquella información con la que escribió la obra “Las Batuecas del duque de Alba”. En la obra, dos sirvientes del duque de Alba enredados en amores no permitidos se ven obligados a huir para proteger su amor y es así como llegan a un valle desconocido, que no está dibujado en los mapas y en el que habitan unas tribus descendientes de godos que acabaron escondidos allí huyendo de los musulmanes. La llega de los hombres del Duque que buscaban a los sirvientes hizo que el valle y sus habitantes pasaran a engrosar las propiedades del Duque y puso en el mapa aquel rincón que, todo según la leyenda, nunca había sido explorado ni descubierto. Fue también el momento en el que comenzó a forjarse la idea de este territorio como una especie de paraíso terrenal, un lugar idílico en el que la gente andaba desocupada todo el día y reinaba la felicidad.
Leyendas aparte, lo cierto es que estamos hablando de un valle que había sido utilizado tradicionalmente por los vecinos de La Alberca especialmente para situar en él sus colmenas. Y, precisamente, esa situación aislada, con unos caminos muy difíciles, es lo que llevó a los carmelitas, en 1599, a fundar en él monasterio del Santo Desierto de San José de las Batuecas, un monasterio que estuvo abandonado y a punto de desaparecer a raíz de la Desamortización y que va a ser lo primero que vamos a ver cuando acabemos de descender el puerto, si llegamos desde La Alberca.
Se trata de un valle más bien estrecho, recorrido en su fondo por el río Batuecas y la forma de disfrutarlo es, precisamente, paseando por el sendero que encontramos en una de sus orillas. Se trata del sendero señalizado PRSA-10, que une La Alberca y el monasterio de San José siguiendo el camino tradicional que existía entre estos dos puntos antes de que se hiciera la carretera y que, si llegamos hasta el monasterio en coche, nos va a servir a nosotros para recorrer los dos últimos kilómetros, que son, precisamente, los que van al lado del río.
Hay que señalar que, aunque el monasterio no ofrece ningún tipo de visita turística, una cosa que yo sí que recomendaría hacer es acercarse hasta alguna de las varias ermitas que se encuentran repartidas en el entorno del monasterio y de las que vamos a encontrar alguna señalización. Se trata de un conjunto de ermitas que los monjes del monasterio utilizaban para sus retiros. Ya hace muchos años que no se utilizan y la mayoría de ellas se encuentran completamente en ruinas pero se localizan en alto sobre las laderas del valle y con unas muy buenas vistas hacia el monasterio. A casi todas se puede llegar a través de senderillos que suben por las laderas y en la distancia se las distingue porque junto a ella los monjes plantaron cipreses que hoy destacan de una manera muy potente en el paisaje.
De todas formas, si no queremos andar subiendo y bajando por las laderas del valle, lo que podemos hacer es continuar por el sendero que corre junto a las orillas del río hasta encontrar la señalización del abrigo rupestre del Canchal de las Cabras Pintadas, uno de los más famosos y también uno de los más accesibles. Porque resulta que este valle, de laderas pedregosas y empinadas, atesora uno de los conjuntos rupestres más notables de Arte Esquemático Típico de la Península Ibérica. Se trata de cerca de 30 santuarios prehistóricos en los que los hombres de la Edad del Bronce dibujaron sobre las rocas trazos y siluetas de animales. Es decir, como decíamos al principio, con leyendas o sin ellas, lo que está claro es que el Valle de las Batuecas ha sido a lo largo de la historia un lugar con una significación muy especial para el hombre. |