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Hoy descubrimos la importante colección de edificios y rincones modernistas que atesora la ciudad de Zamora.
PISTAS es una colaboración del blog de viajes SIEMPRE DE PASO en el programa "Aquí en la Onda" de Onda Cero Castilla y León. No dejes de consultar lo que sobre esta propuesta he publicado en el blog: https://www.siempredepaso.es/ruta-del-modernismo-por-el-corazon-de-zamora/
El viaje de hoy es un viaje de 800 años...
Y es que ochocientos años es la distancia que media entre el principio y el final del largo paseo que propongo hoy por el corazón de la capital zamorana. Es el viaje que lleva de su piel más dura y conocida, esa que está hecha de piedra y mucho románico, hasta la blandura caprichosa y llena de fantasías que vamos a descubrir en su larga colección de fachadas modernistas. Algo que nos va sorprender mucho en una ciudad que es sobre todo conocida por poseer la mayor concentración de arte románico de Europa...
Una sorpresa a la que hay que añadir la de descubrir que el milagro de que este islote de fantasías y volutas que encontramos en el corazón de Zamora haya regateado el afán desarrollista que en la segunda mitad del siglo XX se llevó por delante tantas cosas valiosas de nuestros cascos urbanos, se vea ahora limpio de polvo y mugre, y luzca como un auténtico reclamo turístico al que, sin duda, merece la pena prestar atención.
De hecho, Zamora cuenta con 19 edificios de estética modernista entre sus calles. Un legado que le ha permitido formar parte de la Red Europea de Ciudades Modernistas. Junto a Astorga, son las dos únicas de Castilla y León.
Así que, roto el tópico de que Zamora es sólo una ciudad de románico y cigüeñas, vale la pena comenzar este largo paseo por el tiempo arrancando precisamente en el resalte rocoso sobre el que comenzó a formarse la ciudad más añeja. Es el espigón pétreo al que el Duero prestó un foso de lujo. El bastión inexpugnable que ofrecía una sensación de seguridad suficiente como para que la ciudad comenzara a germinar sobre él: la razón de ser de que se levantara ahí su castillo.
En la zona más elevada de la meseta sobre la que se extiende el casco histórico de Zamora, fue construido a mediados del siglo XI por el rey Fernando I para consolidarse como un punto estratégico de primera magnitud junto al Duero. De él partían los tres cercos amurallados que, en su momento, rodearon por completo la población. Hoy esas murallas, rehechas en numerosas ocasiones, siguen formando parte del paisaje de la ciudad, especialmente en el flanco septentrional, donde aún se muestran con toda su contundencia. Una contundencia que elogió la tradición proclamándola la “bien cercada” por la dificultad que entrañaba batirla al asalto.
De hecho, uno de los episodios más conocidos de su historia tiene que ver, precisamente, con el asedio al que la sometió durante siete meses, en 1072, Sancho II durante el Cerco de Zamora, en la que se mostró imbatible.
No muy lejos del castillo, entre este y la iglesia de San Isidoro, se localiza el que se conocía como Portillo de la Traición, rebautizado recientemente como de la Lealtad, en desagravio al noble leonés, Vellido Dolfos, que dio muerte al rey asediador y regresó a la ciudad a través de ese portillo con El Cid pisándole los talones.
Los últimos trabajos llevados a cabo en la rehabilitación del castillo permiten un recorrido bien servido de pasarelas de madera y balcones de metacrilato en el que el plato fuerte es, desde luego, poder asomarse a esta ciudad tan vieja y tan moderna al mismo tiempo desde lo alto de su torre del homenaje.
Al lado mismo está situada su catedral, auténtico símbolo de la ciudad y su monumento más conocido. Y en el camino que media entre el castillo y la catedral, vamos a encontrarnos con las estatuas de Baltasar Lobo que aderezan los jardines y que nos invitan a adentrarnos en el museo dedicado al artista, que está junto a la catedral.
Respecto a la catedral hay que señalar que es el más esplendoroso de los templos del siglo XII levantados en la ciudad. Hay que dirigirse hacia el río para contemplar su puerta del Obispo, la única puerta superviviente de las tres que tuvo en el momento de su construcción y que como otras partes del templo -como el cimborrio, por ejemplo-, conserva esos aires orientales bizantinos que resultan tan exóticos en tierras de Castilla.
En el interior, además de una inesperada luminosidad, que aporta principalmente la bella cúpula escamada, destaca la presencia del coro, en el centro del templo, o la sillería, abundante en temas profanos que retratan la vida cotidiana de la ciudad en el siglo XVI, en el que fue realizada. También es de mérito la magnífica reja que cierra la capilla mayor y de obligado cumplimiento la visita al Museo Catedralicio para disfrutar, entre otras joyas, de la colección de tapices flamencos tejidos entre los siglos XV y XVI.
Cumplida la primera etapa del paseo toca tomar la rúa de los Francos como el eje vertebrador sobre el que encontramos una larga ristra de iglesias y edificios románicos -más de veinte- que salpican la Zamora más medieval y también la más conocida: todavía a la vista de la catedral aparece San Isidoro, un poco más allá, San Pedro y San Ildefonso. Frente al convento del Tránsito, La Magdalena, uno de los templos más bellos de la ciudad. Y así una larga retahíla que, además de templos, incluye paradas imprescindibles, como el Museo de la Semana Santa, el Museo de Zamora o el Museo Etnográfico, los tres en torno a la plaza de Viriato.
Y llegamos así a la plaza Mayor, que es donde tiene su arranque el viaje modernista que culmina al alcanzar el parque de La Marina...
Tras el periodo de esplendor que entre los siglos XII y XIII llenó Zamora de palacios y templos, la ciudad no volvió a vivir un periodo de prosperidad tan grande hasta las postrimerías del XIX. El empuje de una revolución industrial que alcanzó la meseta mucho más tarde que otros rincones de Europa y, sobre todo, la consolidación de una burguesía local relacionada con el comercio textil y la harina ansiosa por mostrar su prosperidad en público, se reflejó en el rejuvenecimiento del casco urbano que había ido creciendo más allá de la muralla medieval.
De la plaza Mayor hacia el Este muchos edificios fueron derribados para levantar otros más acordes con los nuevos tiempos. Ese rejuvenecimiento de la ciudad tuvo un impulsor determinante: el arquitecto Francesc Ferriol, que llegó de Barcelona empapado de modernidad y Modernismo para ejercer como arquitecto municipal durante ocho años. Es en ese periodo, entre 1908 y 1916, cuando se levantan la mayor parte de los edificios que conforman hoy el patrimonio Modernista de la ciudad. Y que encontramos, sobre todo, en torno a la calle de Santa Clara, el eje comercial de la ciudad en aquel tiempo y hoy uno de los paseaderos más habituales.
De nuevo el listado es largo y tiene un montón de paradas: la casa del empresario Juan Gato, el edificio del Ayuntamiento Viejo, el arranque de la calle de Balborraz, la plaza de Sagasta -que es el rincón por excelencia del modernismo zamorano-, el viejo edificio del Casino, el mercado de abastos, la casa Aguiar, la de Valentín Guerra, la casa Matilla... Pero donde mejor se cata el sabor que acompañó esa época es haciendo un alto en el hotel Sercotel Horus, acondicionado en el edificio Bobo y repleto de detalles modernistas que conservan la estética de aquel tiempo.
CLARA. Pues ha resultado estupenda esta recomendación para descubrir una cara de Zamora que no es, desde luego, la que más se conoce y se visita.
Ustedes ya saben que pueden ampliar toda la información que necesiten sobre esta u otras propuestas para conocer Castilla y León en el blog de viajes SIEMPREDEPASO.ES, donde es posible, incluso, reservar directamente los alojamientos que necesitemos para nuestras escapadas de turismo rural. |