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El protagonista del programa de hoy es uno de los salseros más queridos, respetado y reverenciado por los buenos bailadores y los que aspiramos a serlo; y también por los que saben lo difícil que resulta sonear e improvisar con gracia, sin confundir, sin enredar, sin trabucar, sin trastocar, sin embrollar, la metáfora con el malabarismo seudopoético del que más de uno hace gala por ahí.
Mi invitado sonea e improvisa como Dios manda; recuerdo como lo hizo en el homenaje que en vida le ofreció a Celia Cruz, Telemundo, la segunda cadena hispana de television de Estados Unidos. Cuando mi invitado terminó de hacer lo suyo en aquel escenario, la gente deliraba.
Por cierto, qué cosas tiene la vida, Celia murió en julio de 2003, y Miami la despidió como la reina más demócrata y cumbanchera que hemos tenido los cubanos y mire usted, tres días antes, moría en La Habana, Compay Segundo. Por primera vez en muchos años, las dos orillas enmudecieron.
Mi invitado forma parte de esa religión maravillosa que solo une, conforta y alegra: la de los artistas que con un estribillo hacen que la esperanza reverdezca; y habla ese idioma que no necesita ser entendido sino sentido, el de la música.
Esta noche, dejemos a un lado el pugilato ideológico de los que disputan a golpe de navajazo y pólvora, la supremacía de sus dioses; archivemos la estridencia de los que hablan en nombre del pueblo sin haber sido pueblo jamás y recibamos al salsero puertorriqueño Victor Manuelle, que hablando y rumbeando se entiende la gente. via Knit |