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No hay una sola cosa inteligente en la muerte. Ni siquiera del que la merece. ''La muerte", decía Julio Cortázar, "es el mayor de los escándalos".
La muerte del artista argentino Facundo Cabral es una de las cosas más estúpidas y patéticas que he padecido en mi vida. Cabral fue asesinado a tiros tras un concierto en Guatemala el 9 de julio de 2011. Esas balas tenían otro destino y acabaron con Facundo que iba a bordo de una camioneta en dirección al aeropuerto cuando los sicarios abrieron fuego. La camioneta tenía 25 impactos de bala.
América Latina perdía a uno de sus mejores contadores de historias, porque Facundo era un juglar, un vagabundo impenitente, se autodefinió como "vagabundo first class", vagabundo de primera clase.
Su amigo, el cantante Alberto Cortez dijo que "fue un personaje controversial que se inventó a sí mismo". Le conocí en Miami y tengo la certeza de que jamás conoceré a un mitómano más elegante, a un crítico más tierno y cáustico de la realidad. Y a un vividor en el buen sentido de la palabra. Facundo podría estar filosofando y dejar a un lado todos sus argumentos ante una mujer bella.
Aunque la verdad uno nunca sabía qué percibían esos ojos suyos cansadísimos, tras esos espejuelos que jamás se quitaba. Facundo era un sabio que aseguraba no haber ido a la escuela y haber aprendido a leer y escribir a los 14 años, gracias a un jesuita. Más que músico, se decía cronista. A unos periodistas les dijo una vez: "Soy más colega de ustedes que de Silvio Rodríguez". Para agregar luego: "Soy parcial. Cuento lo mejor que viví. Nunca lo peor". Hoy en Camilo, Los últimos días de Facundo Cabral. via Knit |